Ricardo A. Sarco Lira F

"(...) el arte de todos los tiempos siempre ha ofrecido (...) una historia invaluable de cómo cada cultura se vio a sí misma en relación con su entorno (...)"

- José Albelda, “Territorios, caminos y caminos”.

Antecedentes teóricos

Además de con la ciencia, el arte de todos los tiempos ha tratado de dejar un testimonio de la relación del hombre con su entorno; Es una manera o camino para entender y asimilar el entorno de los seres humanos, los espacios donde viven y donde dan origen a su cultura. El paisaje es una forma en que los creadores han dado forma a la naturaleza, pasando primero por una serie de filtros culturales y orden matemático. Europa tiene, al igual que las antiguas civilizaciones asiáticas, una larga tradición en el paisajismo: sus tierras y la vegetación que las protege o las deroga se han domesticado y reducido categóricamente, se ha transformado en una imagen o delimitada, separada de la civilización. Históricamente, América Latina más joven como continente, tiene una visión diferente; Así lo expresó Alejo Carpentier en su discurso El barroco y lo maravillosamente real (1975):

"Hay una frase corta de Goethe en su vejez, escrita a un amigo (...) que dice: Nunca podría haber escrito esto en Estados Unidos, donde nuestra naturaleza está indómita, como nuestra historia (...) "

Así, la historia estadounidense se asocia (más precisamente a la latinoamericana) con el mismo carácter salvaje y exuberante de su naturaleza, como si de alguna manera el primero intentara o estuviera obligado a reflejar la imagen del segundo. La historia de los hombres y sus civilizaciones entendidas a través de su entorno, no a la inversa.

Por lo tanto, este cruce nos permite estudiar o intentar emprender la cultura, nuestra cultura, desde la comprensión de nuestro paisaje como un hecho antropológico. Más adelante, Carpentier nos dice que describir o crear en un papel una naturaleza tan rica y que parece desbordar y devorar todo lo que lo rodea, nuestro arte y nuestra literatura son esencialmente estilos barrocos, donde la acumulación de imágenes, juegos retóricos y comparaciones y las hibridaciones se encuentran todos los días.


La obra plástica de Ana Vanessa Urvina: origen de la Naturaleza Dura.

Precisamente, la acumulación visual y el barroquismo de las formas, unidos a una noción de caos y confusión, son los ámbitos en los que Urvina ha trabajado desde su residencia artística Advanced Intensive Painting 2015, ofrecida por la Universidad de Columbia, Estados Unidos, durante el año 2015. Sin embargo, el vínculo de su trabajo con la naturaleza proviene de su propia iniciación: las figuras de animales estrechamente vinculadas con los bebés abundan en su trabajo plástico y ocupan todos los espacios, ya sea en dibujos, pinturas o como juguetes utilizados como objetos encontrados.

El presente trabajo de Urvina está formado por una serie de pinturas de formato medio, pequeño y grande, realizadas en marcadores acrílicos y acrílicos sobre lienzo y papel.

Después de su estancia en los Estados Unidos, y como consecuencia de su trabajo, las pinturas de Urvina se están volviendo más "barrocas": los núcleos proliferantes guían la atención del espectador a través de todo el lienzo, el protagonismo de una forma o figura sobre el otros dan paso a una pintura donde todos los elementos parecen encontrarse entre sí en un estado continuo de tensión, sobre la imposición de otros. La apariencia que ofrecen es de una realidad caótica; esto no debe entenderse como una ausencia de orden, sino, más bien, como un orden-otro que responde a sus propias normas de composición.

Los griegos entendieron la noción de caos (del latín caos, y este último del griego ӽáoç cháos; apropiadamente "abriendo", "agujero") como una especie de pozo u oscuridad donde todos los elementos estaban allí en su esencia, mezclados, Sin forma, fundido; de este estado primitivo la tierra y las primeras deidades fueron creadas, el mundo surge habitado posteriormente por el hombre. Esta noción de caos parece ser la que está presente en la obra de Urvina, como un espacio cohesivo, lejos del orden diario donde se unen las formas, el campo de cultivo y la semilla de todas las posibilidades imaginables.

La proliferación en las pinturas de Urvina es visible en An open sea (El Hatillo 2015), donde trabaja con imágenes de origen orgánico, en este caso con peces y otros seres vinculados con el mar. En las obras actuales, estas formas acuáticas se mezclan con flores, hojas y enredaderas dentro de un espacio más tipo jungla que es el hilo que conecta las piezas. Como en el pensamiento clásico del caos griego, en estos lienzos la tierra y los jardines subacuáticos son uno y lo mismo: distinguir las formas botánicas de dicha apariencia, es decir, bestias o animales marinos es una tarea imposible, como si de alguna manera se tratara. En este caos sin forma que contiene todas las posibilidades de formas y órdenes, los jardines subacuáticos y terrestres habitan juntos. Pero, “¿Qué es un jardín? ", Dice fabio morábito,

“(…) Porque, aunque lo veamos, todo es un jardín. Un bosque es un mosaico de jardines. que se anudan tenuamente.

Lo mismo que en la parte más profunda de un jardín. una lucha se extiende por lapso.

Porque, incluso si lo vemos, todo es una maleza de malezas, confusión, oportunismo (…)”

La búsqueda de Urvina en lo natural-caótico tiene mucho que ver con la vida cotidiana de los venezolanos que viven en las ciudades, especialmente en Caracas, su capital. Existencias que prosperan hacia la velocidad y el cambio ininterrumpido de una ciudad, contaminación resonante, atascos, líneas y espacios llenos de cuerpos en continuo movimiento en el centro de ciudades particularmente verdes, insertadas en medio de una naturaleza indómita, rica y exorbitante. . Sin embargo, viven llenos de sí mismos, funcionales y condicionados para estas condiciones; vive en un desorden aparente, esa respuesta desde lo más profundo de sus bases hasta un único sistema de eco cuya única inclinación hacia la violencia es similar a la de la naturaleza en su estado más salvaje.

Ricardo A. Sarco Lira F

"Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. "

- Rainer María Rilke.

La palabra “trópico” es polisémica en su esencia. En su acepción más manejada (la astronómica y geográfica) refiere a los círculos paralelos a la línea del ecuador en la esfera terrestre. Refiere, igualmente, a la extensión geográfica comprendida entre ambos círculos y, por asociación a toda la fauna y flora que habite estas zonas; aplica igual a las diversas culturas y grupos sociales que estén en el área descrita. Engloba, por tanto, una enorme cantidad de espacios, seres y hechos, por lo que es difícil dar con una idea clara de cómo esto puede manifestarse visualmente, plásticamente.

Sin embargo en nuestro imaginario el apartado “trópico” es particularmente rico en referentes, todos relacionados entre sí. Partiendo de las oscuras selvas de Wifrido Lam, hasta llegar a los trajes de colores de Carmen Miranda, la imagen que hemos tejido de “lo tropical” es una de abundancia y que, cómo la noción de caos para los griegos, contiene en sí todas las posibilidades, todas las riquezas en estado bruto.

Pero trópico es, también, en su sentido etimológico, aquello que pertenece al tropo, figura retórica que consiste en la utilización de una palabra en sentido figurado, usualmente mediante la sustitución de una expresión en donde el sentido recto de la misma se curva.

El presente trabajo de Urvina está formado por una serie de pinturas de formato medio, pequeño y grande, realizadas en marcadores acrílicos y acrílicos sobre lienzo y papel.

Lleva, así, trópico configurado en sí su propia desviación, su posibilidad de transformación. Una imagen más certera del trópico sería, decían los tropicalistas brasileros, una que haga convivir las riquezas del trópico, junto a la violencia inherente a estos territorios.

Esta es la naturaleza que Ana Vanessa Urvina intenta domar, contener a través de arduo trabajo, en sus lienzos, la que brota y se traduce en instalaciones penetrables en donde las formas, ya irreconocibles parecieran otrora haber sido aves o frutos caribeños hibridados en un acto de devoración. Un trópico que engloba la más bella flora y un espíritu depredador a la vez seductor y peligroso.

Que habla de una cultura y un país, particularmente rico y severamente duro. Una naturaleza plasmada en el lienzo que, a pesar de todo, como recuerda Fina García Marruz, lleva consigo las infinitas posibilidades que el trópico puede ofrecernos.

 
“¿Cómo desconfiar aún, si bajo la losa gris, la cimentada piedra, sacó la lengua invencible esa yerbita verde?”

En el fondo de todo hay un jardín.

Olga Orozco.

I.Jardines inquietantes.

No hay funcionalidad práctica en el jardín, los jardines no son un huerto. Espacio para la belleza y la contemplación, no hay cultura sin jardín: identidades vegetales a través de las cuales podemos narar el mundo. Desde la línea pulcra de los japones, las sombras húmedas de los árabes, las terrazas poblabas de estatuas de los italianos, los lagos y pabellones ingleses o el diseño geométrico de los franceses, los jardines nos acompañan desde aquella maravilla colgante de Babilonia. El Paraíso, recordemos, era un jardín. Lo era no solo por su belleza sino porque en el jardín la naturaleza se ordena, se domestica, se encierra. De vez en cuando una serpiente interrumpe, propone que probemos frutos prohibídos, acaba con la ingenuidad y el orden.

Y están, luego, los jardines tropicales, entre los más difíciles de construir y mantener. Necesitan condiciones climáticas especiales, suelos muy húmedos y tienden, además, a ser muy abundantes. Como todo en el trópico, su esencia es lo desbordado, una idea que contradice la noción del jardín como naturaleza ordenada. Parada en esa contradicción, Ana Vanessa Urvina pinta sus Naturalezas duras: bellos monstruos vegetales, barrocos, donde la línea apenas contiene la expansión de la mancha de color. Centros que se desenvuelven ingrávidos hacia el espectador, que parecen sobrepasar la espacialidad del lienzo. Una selva antropófaga, una conciencia participante, una rítmica religiosa.

En ellos no hay principio ni fin. La mancha de color es devoración, enjambre, convivencia de opuestos, caos primigenio. Mancha que se superpone y aplasta, que pugna con otras por existir. Figuras que parecen flores pero que miradas, de cerca, pueden convertirse en tiburones, rostros, peces, elefantes, erizos, porque el trópico es grotesco y en lo grotesco se cruzan formas inauditas. En el fondo la noche, lo negro, lo profundo, la pérdida de la razón y el contorno. Jardines dionisiacos, poseídos, en éxtasis. Pequeñas cosmogonías tropicales, fértiles, que pueden ser también el principio de la asfixia. Espacios donde vida y muerte se dan la mano. Desde Venezuela hasta Australia una misma vorágine que el jardín tropical, pálido hermano del bosque y la selva, intenta contener.

Pero el trópico no puede ser contenido, ni siquiera en la representación. Estos cuadros son apenas metáforas, asomos, de una naturaleza y una realidad en la que conviven el paraíso y el infierno. Como el habitat que la acompaña, la vida en el trópico es un espacio con un orden propio, en el que el conocimiento del logos y el conocimiento del cuerpo se cruzan. Y esta obra no es sino hija de esa hibridación. Híbrida también porque lo figurativo y lo abstracto se dan cita en ella. Porque podrían parecer decorativas pero resultan, a la vez, profundamente inquietantes. Jardines donde encontraremos serpientes, donde probaremos frutos prohibídos, donde pondremos fin a la ingenuidad. Jardines iniciáticos, naturalezas que no son sino un misterio en las que pintar se erige, para Urvina, como acto ritual.

II.Trópico psico-trópico.

El trópíco no puede sino ser barroco. Trópico significa curva.

Mentira, fue el barroco quien hizo del trópico una casa. El trópico es antónimo del horror vacui. Aquí todo está lleno, aquí no hay espacio para el zen.

Mentira, hay un trópico saheliense. Una aridez africana, la espesura de la arena por todas partes, que también llena todo. El brillo de la luna sobre la seda amarilla del desierto. El polvo del Sahara, este año, impidió la formación de ciclones en el Atlántico. El aire seco reduce el tamaño de las gotas de lluvia. De los nutrientes que trae el polvo, restos de organismos muertos hace tiempo, se alimenta la selva. Muerte que nutre la vida, trópicos que danzan ajenos a la nimiedad de nuestra especie.

Una mano traza el trópico sobre un lienzo y un instante después el trópico devora el trazo. La serpiente en el Paraíso también se mordía la cola. Una mano traza el trópico sobre un lienzo y el trópico se devora al lienzo y el lienzo se devora al trópico. Ambos se devoran a la pintora, toda ella estructura vegetal.

El trópico es surrealista. No, es realismo mágico. No, es lo real maravilloso. Nadie se pone de acuerdo, resulta indefinible. Curva caracol. Grano de arena espejo. Cáncer y Capricornio.

Trópico: Plano horizontal en el cual se produce el movimiento de translación de La Tierra alrededor del sol. Se conoce como plano de la elíptica. Elipse: curva plana, simple y cerrada. Colón quería demostrar que esto era redondo. Colón sabía que había otro trópico, más allá de los bosques húmedos de Catay y Cipango.

Aquí llueve todo el año, todo el año hace calor. A veces cae nieve en el desierto. Dice la geografía que es el pedazo más expuesto al sol en la traslación. Trópico de opuestos.

Trópico mosquitos. Hasta la década del 30 muchos mapas lo anunciaban como zona palúdica. Lluvia y fertilidad. Trópico fruta llena de agua. Mango, piña. ¿Quién-quiere-comprarme-frutas sabrosas? Marañones y mamoncillos del caney.

Trópico sequía. Bosques incendiados. Arañazos de fuego.

Trópico colores, esos mismos que aparecen en los cuadros y que se repiten en las casas de Salvador de Bahía o Filipinas. Tienen que ser brillantes, hay demasiada luz en este lugar. También sombras enormes. Solo el trópico da plantas carnívoras. Solo lo febril puede designar esto. Ana Vanessa pinta cuadros febriles, temperaturas elevadas que se expanden por el cuerpo del lienzo y provocan visiones. En ellas, jardines como filigranas monstruosas, como altares de catedrales ultrabarrocas mexicanas. En sus colores reverenciamos una naturaleza inhóspita, dura, seductora y también asesina.


Del trópico vivimos, en el trópico vivimos. Se lleva adentro como una marca. A donde vayamos nos persigue. Hace crecer flores en el ártico, derrite nieves. Lo encuentras en una esquina de Noruega, de New York, de París, de Buenos Aires. Es un olor a especias, unos plátanos dorados bailando en la sartén, una mujer misteriosa que mueve las caderas de forma particular, un hombre que ríe alto y rompe la madrugada; una fruta redonda, amarilla, fuera de lugar. Está en la mirada oblicua de los asiáticos, en las bocas carnosas de los negros, en las pieles cobrizas de los latinos. Está en el curare de una flecha amazónica, veneno vegetal. Se extiende como una tormenta de arena o esas plantas que devoran los lugares abandonados. Una alfombra de lianas y arena cubriendo las carreteras del mundo. Cubriendo estos cuadros.

Kelly Martínez-Grandal
En Miami, zona tropical, en el 2017